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FM 107.1 Radio Universal. Invitado por Lucila Castro Díaz a su programa "Sinfonía de la noche".
Entrevista y lectura de poemas de su libro "La Canción de María Morena" Musicalizado por Oscar Peretto. Ilustrado por Pedro Gaeta.
jueves, 25 de junio de 2015
jueves, 24 de julio de 2014
Autobiografía mínima de Julio César Azzimonti
Cuando
yo tenía aproximadamente un año, mis padres
se mudaron al barrio de Villa Urquiza de la Capital Federal. Era una casa
larga, casi inabarcable, de habitaciones grandes y cuadradas. Era la casa de
mis abuelos paternos y de mis cinco tíos
y tía, hermanos de mi papá. De esa época recuerdo, nítido y
brutal, el nacimiento de mi hermana, en una cama al lado de la mía. Vi nacer a
mi hermana como si alguien inflara delante de mis ojos un globo rojo.
Por
esa larga y misteriosa casa con sótanos, altillos, galpones, gallineros y gruta
llena de gatos en el jardín de entrada, desfilaron en el transcurrir de mi
primaria y secundaria, jugadores de pelota a paleta, futbolistas, recitadores,
bandoneonistas, violinistas, italianos recién llegados que se quedaban a
dormir, el fabricante de muebles Fricent y sus amantes, curas, muchos curas
probadores de bebidas y contadores de cuentos, santones y adoradores de Pancho
Sierra, de la Madre María, y más santones que pronosticaban fines del mundo y salvaciones
milagrosas para con sus seguidores, amigos de Gardel y de Charlo en persona,
todas las navidades y todas las navidades el pesebre gigante que mi abuelo
hacía en el enorme living de entrada, con cascada de agua, y mi hermana vestida
de ángel repartiendo estampitas que traía a granel el cura, todas con la virgen
y el niño y benditas, desde el 8 de diciembre al 7 de enero.
Pero luego, en los veranos, en sus noches, en la vereda de la calle Bebedero,
hoy Ignacio Rivera, paraban a discutir con mi abuelo y mis tíos, radicales,
socialistas, anarquistas, peronistas y también vecinos, mientras corría la
cerveza y la limonada y ya eran los años
50. Un día, al lado mío, murió mi abuelo y como si todo hubiera sido un sueño
de vorágine de vida sólo quedo papá, mamá, mi hermana, mi abuela y una tía
soltera y un silencio que rebotada en las paredes y se enroscaba en el alma.
Había caído Perón, se hablaba en silencio de muertos y fusilamientos y ni el
país ni nosotros volveríamos a ser lo que habíamos sido mientras yo habitaba
una enorme habitación, con una biblioteca que crecía, tenía 15 años
y una novia a la que le escribía poemas copiados del poeta Pedro Salinas, los
que yo, solitario, reivindicaba frente a las hordas nerudianas, eso sí, con un
diccionario de sinónimos cambiaba todas las palabras que podía. Después empecé
a sentir vergüenza de esa práctica y entonces nací como escritor. Esa niñez
poética y de ficción fue la matriz. Recién entraba en la juventud, de la cual,
pienso, nunca saldré.
CUADRO.sueños | MI SIGLO
Las caras de los sueños nos esperan detrás de las
sombras y suelen despertarse en muchas pinturas de Odilon Redon. ¿El sueño que
soñé anoche merece ser ...
martes, 24 de junio de 2014
miércoles, 4 de junio de 2014
El día y la Noche del Pintor
Amanece y abre los
ojos. O amanece porque abre los ojos. La mañana en su vida es como una tela en
blanco. La mañana es una pregunta que va contestando, a veces, el transcurrir
del día.
Amanece y es como una
descarga eléctrica en el cuerpo que obliga a erguirse. La tela en blanco obliga
al pintor a buscar los pinceles y los colores, como un revolver cargado
dejarlos al alcance de las manos.
Se
viene el mate poniendo un pie en el horizonte. Hay acción y hay gallos
guapeando su existencia, también relinchos y cabeceos y los pájaros se anuncian
sin solución de continuidad.
Ya
está con los ojos bien abiertos mirando desde la ventana mate en mano. El mundo
circundante organiza su estética cotidiana y empieza a funcionar. Desde la
ventana presiente que todos los misterios están detrás del horizonte. La luz en
ese día pleno es restallante y oblicua.
La
noche anterior había pensado en organizar este día. Lo hizo y se durmió. Ahora,
ante la ventana, ya se olvidó todo lo que había pensado. Se deja transcurrir al
ritmo y al sabor de la yerba y ese calor que baja desde la boca y templa el
cordaje de las sensaciones.
Continúa
observando el horizonte: dos planos, abajo la pampa, pastizales, algún
sembradío; arriba cielo, azuloide por la invasión del sol. A un costado de la
casa el cobertizo y murmullo de caballos queriendo participar en la exégesis de
la mañana. Haciéndose notar. Buscando presencia.
Oye
el ruido inconfundible de una avioneta. La ve brillante dirigirse hacia el
naciente. Pronto ve un punto contrastando con la luz solar y ya no hay sonido.
Solo luz y silencio. Ahora, demasiado silencio. Los colores destellan y los
objetos del paisaje se enardecen.
Mira.
Sus ojos tratan de penetrar tanto resplandor. Todavía demasiado para la vista
de un pintor, la mañana atrapa por su prepotencia, se dice.
Coloca
el atril apenas al costado de la ventana. Ubica el bastidor con la tela en
blanco. Desparrama los pomos de colores y controla los pinceles. Nada especial,
solo un principio incierto de organización. No más.
Sabe
que algo tendrá que aparecer. Eso sí, vuelve el murmullo del motor del avión
que se acerca. Pasa por arriba de su casa y se va perdiendo.
Saca
el caballo del cobertizo. Lo acaricia varias veces y le otorga libertad para
pastorear. Algunos pájaros se acercan a picotear alrededor. Esto ya es una
escena. Pero, cómo sacarla de la trivialidad. Dónde estará el jugo de esa
composición. Todavía hay demasiada luz rasante, o poca idea. Ya se verá.
Vuelve
a la casa. Cambia de posición el atril unos centímetros, como para ganar tiempo.
Mira por la ventana: nada. Sí, hay de todo, pero nada. Ahora el sol está más
arriba y el horizonte recupera nitidez.
Entonces,
ve primero como un lomo sobre el horizonte, luego, una columna blanquecina,
apenas oblicua que fuga hacia arriba. Eso sí es una línea de fuerza.
El
avión, naranja furioso, vuelve a pasar sobre la casa. Rumbea hacia esa
desprolijidad del horizonte. Es evidente, algo pasa.
Ya
no duda: hay quemazón. Siente vibrar el cuerpo. So-pesa la dirección del viento
y se aquieta. Algo apareció.
Se
acerca más a la ventana. Otea cómo solo lo hacen los mamíferos, estirando
cuello y cabeza hacia delante.
Piensa
la situación. Unos segundos. Mira la tela, el atril, los colores en sus pomos y
decide. Casi corre cuando va a buscar los elementos para ensillar el caballo.
Esto
no es un juego pero vale la pena, se alienta. El avión vuelve. En el horizonte
el animal blanco va creciendo. Un gigante que se levanta.
Ya
amarró el atril al costado del caballo, ya cargó las alforjas con los pomos y
los pinceles, ya ató la tela sobre el anca. Talonea el flete y se va hacia la
quemazón.
Yendo
al galope tarda bastante. El animal ahora es bestia blanca y serpientes
grisadas.
Precavido,
se acerca lo suficiente, solo para apreciar.
Tamaño
día de esplendor solar soba los colores que disfuman como no queriendo mostrar
toda la verdad. Por ahora el fuego se guarda parte de su desproporción. Igual
tira líneas a mano alzada, agitado, nervioso. Trata de capturar a la bestia que
miente, que no larga esencia, pero amenaza, promete.
De
pronto el humo gira y se le viene encima. Atosigado, minúsculo, se siente
echado, castigado. Falta oxígeno y el caballo recula. Ya sabe que está demás
allí. El caballo ya giró y rumbea hacia su seguridad. Él lo deja hacer. Galopan
largo y tendido. Llegan sin aliento y el olor de la quemazón incrustado en la
garganta. El caballo se lanza al bebedero. El hacia la casa.
Se
sienta ante la ventana todavía exaltado. Trata de aquietarse de buscar algún
orden. Abre la canilla y se moja la cabeza. Tose y se restriega los ojos.
Vuelve a la ventana. Su brújula interior lo obliga allí. La bestia sigue
creciendo.
La
desmesura se apropió del horizonte, cuándo una línea larga y fina de llamas se
da a conocer como un tajo soberbio horizontal. Todo su universo fuga hacia ese
lugar.
Pinta
sobre la tela bocetada. Pinta sin mirar más por la ventana, sin reconocer lo
alrededor. El fuego ahora brota de adentro. Solo él y la tela. Pinta...
II
Lo sorprende la tarde. Por fin, cuando anochece, se
dirige a la ventana.
Todo cambio. No hay horizonte. Solo la bestia que
decidió mostrarse voraz en naranjas y rojos, y una negrura infinita ocupando
todo lo demás.
Se deslumbra, se paraliza. No se puede mover de
allí, conmovido, apichonado. No hay miedo, sí hay reconocimiento del poder de
fuego de la imagen desatada, inabarcable, insondable en su preciosismo caótico
y feroz.
Pero, esa fuerza obliga, azuza, talonea hasta la
acción.
Saca del atril la tela anterior y coloca otra en
blanco. Vuelve a pintar. Pinta, no tiene cansancio. Solo pinta. Mientras la
noche opera en la realidad.
III
Ya es mediodía y abre los ojos. Da un salto y va
hacia la ventana. Cielo limpio. Horizonte nítido. Sol a plomo. No hay vestigios
de humo ni de llamas. No hay olor a quema.
Sobresaltado mira hacia el atril: allí está la tela
que pintó a la noche. A un costado, sobre una silla, la que pintó por la mañana
anterior.
Presiente y se va a ensillar el flete. Parte hacia
donde vio el incendio. Al galope recorre el camino que hizo el día anterior.
Advierte el cansancio del caballo. Mide y calcula
distancias. Observa todo el cuadrante alrededor varias veces. Un escalofrío le
sacude el cuerpo. No hay vestigios del incendio.
No hay nada. Vaya, como si nada hubiera pasado. Sin
entender, se vuelve. Piensa en las telas pintadas mientras regresa al paso a la
casa.
pintura "La quemazón" de Alberto Sorzio
jueves, 29 de mayo de 2014
Independencia y libertad creadora o dependencia CULTURA POPULAR O CULTURA POPULISTA
http://www.laorejaquepiensa.com.ar/node/245#.U4enkSg3B1t
Poseer la lengua y la palabra es tener la llave maestra de la cultura. Y en este punto, debemos profundizar la visión y hacer una diferenciación que es sustancial entre “cultura popular” y “cultura populista”.
Este es uno de los núcleos sustanciales del problema de la cultura actual y la acción del poder sobre y dentro de ella. La construcción de un país, es la construcción de su cultura. Y la destrucción de este, es la destrucción o apropiación y vaciado de la conciencia de esa cultura.
Consideramos que la cultura populista es y genera dependencia, en tanto que la cultura popular es y genera independencia y libertad creadora.
Una persona o grupo elabora algo y otros lo reciben, lo consideran, lo valoran: esto es una acción, un acto. Todo lo que se elabora, abstracto o concreto, siempre está dirigido a alguien, a otros que lo reciben, que lo interpretan a través de sus ideas, de sus valores, de sus vivencias, pero siempre “algo sucede”. Puede incorporarlo a su conocimiento o puede rechazarlo, puede usarlo o puede descartarlo, pero siempre algo sucede. Nadie hace algo que en algún momento o en algún lugar no afecte a otros y a uno mismo.
A la cultura la constituyen actos, acciones que se dirigen, voluntarias o involuntarias, a otros que son espectadores. Estos participan en forma activa o pasiva del acto. Es la característica fundamental del acto o acción cultural. El receptor (el público, el espectador) puede ser activo o pasivo, sujeto u objeto de la cultura.
Cuando en una comunidad las personas se comportan como sujetos activos, capaces de recibir, transformar, resignificar, reasignar, creando así otro acto cultural más amplio, estamos ante una cultura genuina y popular. Pero cuando las personas se comportan como seres pasivos, solamente receptoras, como recipientes vacíos que se los llena, incapaces de recibir y transformar, estamos antes personas o comunidades de características populistas.
La cultura de los pueblos debe ser un proceso activo, vivencial, manifestado por unos y revivido por otros, una conciencia que entrega sus contenidos cargados de valores estéticos y éticos a otras conciencias que en libertad los reciben, los incorporan reelaborándolos, o los rechazan.
La cultura popular es creadora y recreadora, valora sus tradiciones y sus vanguardias. Participa en sus tensiones, toma partido, discute y critica.
La cultura populista recibe y repite en forma mecánica y allí se agota. No emerge del acto nada nuevo, nada modificante o conmovedor, sólo iconografías y golpes bajos emocionales, quedando pasiva y vacía, insatisfecha y necesitando con compulsión más consumo, sin solución de continuidad. Aquí las personas son incapaces del esfuerzo de, no ya de crear, sino de recrear o de actuar de manera crítica.
Lo que es asumido de esta manera, lleva a la irrupción de valores artificiales y extraños que desplazan o descolocan a los propios, los fragmentan descomponiendo su unidad de sentido, los mezcla en categorías y prioridades distintas, hasta producir su reemplazo, destruyendo las bases de la capacidad activa y creadora.
En la cultura populista, los seres, las comunidades son inertes espectadores de la cultura que le es dada, provista, introducida, a través del sistema de consumo que dicta el mercado.
En la cultura popular, las personas, los pueblos, son actores, protagonistas malos, regulares o buenos de su cultura y de la inserción de esta en el mundo, desarrollando una conciencia real de su propio ser, se sus potencias y sus debilidades y un sistema de valores acorde con sus necesidades, basado en el esfuerzo personal y comunitario, que les permite elegir con libertad lo que les conviene tomar o rechazar de otras culturas para hacer crecer a la propia.
La cultura popular elabora su propio alimento espiritual, potencia su lenguaje y hace uso pleno de la palabra que oxigena y amplifica su comunicación y su conocimiento. Crea sus propias imágenes, su imaginería, sus metáforas, reconociendo la vitalidad de los claroscuros y su formidable fuente de energía artística.
“Todo el universo visible, no es más que un formidable almacén de imágenes y de signos. La tarea del poeta, del artista, consiste en percibir analogías, correspondencias que adopten el aspecto literario de la metáfora”. (C. Baudelaire)
La conciencia de un pueblo es su cultura trabajado y trabajando en una lengua propia.
Una cultura crítica donde la tradición sacralice, pero no congele, donde se persiga la preservación de símbolos, íconos y valores estéticos y éticos que no clausuren, sino que permitan su histórica renovación, su refresco cultural. Una tradición de actitud crítica y vital, que sea capaz de asegurar y conservar la capacidad metaforizadora y utópica de su pueblo, sus visiones y su imaginería.
Miramos y comprendemos al mundo desde nuestras imágenes, desde nuestras metáforas, desde nuestra lengua que no ni más ni menos que el vientre de la cultura.
(*)Periodista, escultor, poeta.
miércoles, 16 de abril de 2014
GREGORIO SAMSA DICE LO SUYO Autor: Julio C. Azzimonti Otoño de 2014
GREGORIO SAMSA DICE LO SUYO
...no voy a
embestir el cuerpo exhausto
hasta apropiarme
de la piel y los
músculos de Franz
en una venganza
inútil
por haberme
confinado
a esta condición
inexplicable
sólo quiero
mirarlo a los ojos
y que me vea
fuera de la página
no pretendo el
torreón pétreo
de su cabeza
ni el vapor ácido
que exhala
su alma dolorosa
y bella
de burócrata
despiadado
de la conciencia
profunda
(él que peleó y
derrotó
a la máscara
insondable del mundo)
¿ no han visto resplandecer
esa ensimisma
cabeza
estacionada en el cénit del siglo XX?
¿ no han visto cómo se fue apropiando
de los detritus fragmentados
de una modernidad caótica
enceguecida y sorda
por las cruces encendidas de dos guerras
y apilarlos piedra sobre piedra
sangrando sus signos y sus manos
hasta levantar sus muros de palabras?
¿y acaso esos muros
no son su piel impura de dolores
sus músculos de humo
sus huesos como cuchillos
y su índice como espada?
sólo de algo estoy seguro:
detestaba la cuadrícula de las ciudades
esos laberintos de la razón pura
sin juegos ni honores
donde los repliegues de los expedientes
se pierden
en las madrigueras inexpugnables
del fascismo de la ley
de algo estoy seguro
Franz abominaba
la redondez de la tierra
su esférica condición cerrada
creo que era demasiado
para él y su siglo de pólvora
sólo deseo mirarlo a los ojos
y que me vea frente a frente
fuera de la página para constatar
que somos un mismo animal
Julio C. Azzimonti
Otoño de 2014
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